2014-02-04

No para indios

Fernando Escalante Gonzalbo
 
En marzo pasado un tribunal de Mumbai autorizó a la compañía india Natco Pharma Ltd. a producir y comercializar como genérico el principio activo de Nexavar, de Bayer. Los abogados de Bayer de inmediato presentaron un recurso para impedirlo —propiedad intelectual. El tribunal superior de Mumbai desestimó sus argumentos, y confirmó el fallo.

Nexavar es un fármaco que se emplea contra el cáncer de mama, eficaz también para combatir el cáncer de riñón y de hígado. En la India, el tratamiento con la etiqueta deBayer cuesta 96,000 dólares al año, por paciente. Natco ofrece el mismo tratamiento por unos 2,000 dólares al año. Parece una enormidad, es un asunto casi de rutina. La reacción del director ejecutivo, Marjin Dekkers, puso el asunto en las primeras planas. Furioso, en una entrevista para Bloomberg Businessweek , dijo que la decisión del tribunal era “sencillamente un robo”, y remachó: “Nosotros no creamos este medicamento para los indios, sino para los pacientes occidentales que pueden pagarlo”.

Seguramente era lo que estaba en el pizarrón cuando en la sala de juntas jugaron al juego de Misión, Visión y Valores. Pero queda feo, y la India es un mercado de mil doscientos millones de personas —que no es tan irrelevante a fin de cuentas. Salió por eso el señor Dekkers a disculparse sin disculparse del todo. Dijo que lamentaba que su expresión “hubiese salido a la luz” de una manera que él no pretendía, y después puso el disco: “como compañía queremos mejorar la salud y calidad de vida de las personas, independientemente de su origen o ingresos”. Es indudable, los ingresos sólo importan para pagar las medicinas, Bayer tiene la mejor voluntad de venderlas a quien sea. A continuación, la amenaza que es ya habitual: si no se protege la propiedad intelectual, es decir, si no les permiten cobrar lo que quieran, no habrá investigación, no habrá nuevos medicamentos, y “sin nuevos medicamentos, tanto las personas de los países en desarrollo como las de otros más prósperos sufrirán”. Si suena a extorsión es porque es una forma de extorsión.

Las farmacéuticas suelen argumentar que necesitan poner esos precios de escándalo a los nuevos medicamentos porque tienen que pagar por la investigación para desarrollarlos; por eso, la interferencia de los gobiernos para controlar los precios amenaza la innovación. Puesto así, parece razonable —es un problema de proporciones. Veamos. Las empresas estimaron hace algunos años que el costo de investigación para cada medicamento nuevo era de 802 millones de dólares. El fundamento era un único artículo de la Universidad de Tufts, financiado por las compañías farmacéuticas, a partir de información confidencial suministrada por ellas mismas. Quienes han tratado de verificar la cifra a partir de información pública no suman más de 200 millones, sin contar con que el gasto en investigación es deducible de impuestos.

Pero hay otros problemas. Las empresas suelen incluir en el rubro de Investigación y Desarrollo gastos que son en realidad de mercadotecnia. Aparte de eso, hasta un 25 por ciento de las pruebas clínicas que realizan son estudios de Fase IV, es decir, estudios sobre medicamentos que ya están en el mercado: para buscar nuevos usos posibles, para inducir a los médicos a recetarlos mediante fingidos estudios de control, o para imaginar modificaciones que permitan renovar la patente para un medicamento “mejorado”. Publicaciones, seminarios, programas de televisión, las farmacéuticas disfrazan su publicidad como investigación —sobre todo con análisis clínicos propios, prácticamente sin reglas. O sea, que no sabemos cuánto cuesta en realidad la investigación para ofrecer un nuevo medicamento.

Algo más. Toda la investigación básica, que sirve de base para el desarrollo de las medicinas, se hace en instituciones públicas, en laboratorios públicos, o en universidades, con financiamiento público. La ventolera neoliberal de las últimas décadas, con el empeño de que el conocimiento acredite su utilidad mediante vínculos con el “sector productivo”, insta a los investigadores a que vendan sus patentes a las grandes empresas —con el resultado de que todo es en apariencia privado. Y no. Algunos casos son escandalosos, como la investigación sobre el SIDA, o sobre los usos del Taxol para combatir el cáncer, estudiado durante décadas en centros públicos —y patentado por Bristol-Meyer Squibbs. Además, empiezan a patentarse productos del conocimiento, de la investigación biomédica más elemental: el efecto de determinadas proteínas, la función de alguno de los genes, todo lo que antes hubiese sido patrimonio de la humanidad es ya patentable, y está patentado. Y están los casos de fraude descarado, medicamentos inútiles, pero ésa es otra historia.

Tenemos que ajustar la lente para mirar a las farmacéuticas —no son empresas como otras cualesquiera, no son centros de investigación. El eje de su operación es el mecanismo por el cual pueden parasitar conocimiento generado mediante recursos públicos, de numerosos países, patentarlo, y venderlo de nuevo los sistemas de salud pública. Algo no cuadra del todo.

2014-01-26

La encuesta de cultura

Gil Gamés
Gil leyó en sus periódicos que la Encuesta Nacional de Consumo Cultural se presentaba al público. Eduardo Sojo, director del Instituto Nacional de Estadística y Geografía se encargó de dar a conocer la encuesta. Gamés recibió el correo con el contenido del estudio y puso manos a la obra, una obra muy negra, por cierto. “Se puede decir con absoluta certeza que éste es el estudio más serio y completo hasta ahora”, dijo Sojo. Ya empezaron los problemas, farfulló Gamés: ¿absoluta certeza? Ni Dios padre, en caso de que existiera, pero en fin, masculló Gamés, no seamos roñosos.

Desde luego, la encuesta tiene muchísima tela de donde cortar, pero Gamés quiere detenerse en un punto que llamó poderosamente su atención (ya quedamos en que la atención tiene que ser llamada con poder). El inciso se llama “Sitios y eventos culturales seleccionados”. En esta canasta se incluyeron teatros, cines, centros históricos y religiosos, sitios arqueológicos, parques naturales, museos, bibliotecas, hemerotecas. O sea, la Basílica de Guadalupe el 12 de diciembre fue considerada una actividad cultural. Anjá. Y si una familia se lleva una canasta con sándwiches al parque Loreto y Peña Pobre, también, gran actividad cultural que enriquece el espíritu. Lo malo de que las encuestas las hagan hombres y mujeres que no tienen una idea de lo que es una actividad cultural es que consideran un partido de futbol un gran momento del espíritu. Señores: ustedes han confundido tiempo libre con cultura.

Dice el estudio: “Revisando la información en valores monetarios recabada mediante la encuesta, se puede observar que el monto de las erogaciones por el disfrute de las prácticas culturales es superior a los 30 mil millones de pesos y se observa que son los hombres quienes realizan el 56% de dicho gasto, mientras que las mujeres ejercen el 44%”. Anjá, sí, cómo no. Gil no necesita ser Schumpeter para asegurar que con una cifra así de gasto en bienes culturales, se agotarían ediciones, el cine mexicano sería un potosí, el teatro llenaría salas como en Londres, en fon. De verdad: ¿a dónde querían llegar? Si se trataba de gastarse 14 millones de pesos había formas más rápidas y menos tortuosas.

En el subtítulo “Fiestas Tradicionales” dice esta extraña encuesta: “Como parte de las necesidades de información para la caracterización de la cuenta satélite de cultura en la medición de hogares, y como una característica particular de las manifestaciones culturales del país, se encuentran las fiestas tradicionales, ya sean religiosas, cívicas o patrias, o bien carnavales”. Así las cosas (muletilla de poca monta), debieron incluir el consumo de telenovelas, los programas de la farándula y las misas, que de hecho están incluidas.

Les faltó el consumo de ate con queso, el baile de los viejitos, los voladores de Papantla y el sarape de Saltillo como momentos culminantes del consumo cultural mexicano. ¿Qué es cultura?, según estos encuestólogos presenciar un Cruz Azul-América, desde luego el costo de la entrada al estadio se contabilizará como un consumo cultural.

¿Más cultura? La feria de San Marcos, los palenques (cierren las puertas, señores) y el carnaval de Veracruz. Todos ellos muy divertidos y culturales. Nadie puede negar las características digamos culturales de estas ferias cívicas, pero incluirlos como parte del consumo es un abuso, una muestra de ignorancia, oh, sí. Se podrían gastar otros 14 millones de pesos del presupuesto para definir el concepto de cultura. Por lo que ha leído Gilga, esta encuesta ha sido como jugar a la gallina ciega: frío, frío, no me alcanzas, ¡atrás de ti!

La sentencia de Ortega y Gasset espetó dentro del ático: “La máxima especialización equivale a la máxima incultura”.

Gil s’en vail 

gil.games@razon.com.mx

Twitter: @GilGamesX

2014-01-23

Fénix

El Fénix es un animal muy interesante. Se muere y renace, una y otra vez, como este blog.

 Espero que esta vez el Fénix tarde más en morir.

 Les dejo la canción del regreso de UByB.




Bienvenidos (otra vez).

2013-09-04

La crítica del PAN a la economía

Pablo Hiriart
 
Los resultados de los primeros nueve meses de gobierno en materia económica son malos, pero afirmar que con el priismo han vuelto las crisis económicas es un acto de propaganda.

Y cuando la acusación viene de labios de un diputado panista, raya en el cinismo.

Va mal la economía y va mal la seguridad.

Van mal porque no han mejorado como se esperaba, pero no se encuentran en el estado calamitoso en que estaban durante el gobierno anterior.

En seguridad, el equipo calderonista no explicó nunca cómo fue que los homicidios dolosos se dispararon en 500 por ciento durante su administración.

Entregaron un país bañado en sangre. Sin respeto por la vida y la autoridad.

Ahora hablan como si ellos hubieran estado en Marte y se encontraron, de golpe, con una gravísima situación.

Algunos dicen que aumentaron los asesinatos porque ahí sí se combatió a los criminales. Qué extraña lógica.

En el bienio 2006-2008, sin crisis económica internacional, el número de pobres extremos creció en 5.5 millones de mexicanos, como le recordó Josefina Vázquez Mota a Ernesto Cordero en el primer debate por la candidatura a la Presidencia.

Sólo falta que, con la misma lógica con que justifican el brinco de la criminalidad, digan que aumentaron los pobres extremos porque Calderón sí combatió a la pobreza de verdad.

El PAN no tiene autoridad moral para gritonear contra el manejo de la economía de estos primeros nueve meses, como hizo en tribuna, el 1 de diciembre, el coordinador de los diputados blanquiazules, Luis Alberto Villarreal.

Nuestra economía va mal, como va mal la economía de todos los países emergentes. Por eso se necesitan reformas que detonen crecimiento, además de ajustar las decisiones que no funcionaron al arranque del sexenio.

La crítica de Villarreal se funda en que para el presente año sólo se va a crecer 1.81 por ciento (si bien nos va).

Y olvida que el crecimiento promedio en todo el sexenio de Felipe Calderón fue de 1.86 por ciento.

Los resultados económicos del gobierno anterior son los peores de los últimos cuatro sexenios.

Con Carlos Salinas la economía creció a un promedio de 3.90 por ciento anual. Con Zedillo a 3.67 por ciento. Con Fox a 2.13 y con Calderón a 1.86 por ciento.

¿A cuento de qué vienen los gritos del diputado Villarreal en la tribuna de San Lázaro?

En los seis años del gobierno anterior el poder adquisitivo del salario cayó 28 por ciento, y la pobreza extrema subió 26 por ciento, según los datos de Coneval entregados en diciembre de 2012.

Y el ingreso laboral per cápita de los mexicanos aumentó sólo 1.6 por ciento en el sexenio anterior, mientras la canasta alimentaria se elevó 43 por ciento.

Por eso perdieron las elecciones. Por eso tendrían que mostrarse un poco más humildes a la hora de las comparaciones, pues tienen razones de sobra para ello.

phl@razon.com.mx

Twitter: @PabloHiriart

2013-08-03

Casi el Apocalipsis

Fernando Escalante Gonzalbo
 
La semana pasada publicó The Economist un eufórico réquiem por las universidades titulado “El ataque de los MOOCs”. En resumen, la idea es que la multiplicación de los Cursos en Línea Masivos y Abiertos (por sus siglas en inglés, MOOC), es una amenaza letal para las viejas universidades —que ya están puestas contra la pared.

Es un texto ejemplar, que lo tiene todo. Para empezar, la pose de rebeldía juvenil que ha adoptado la derecha de los últimos treinta años, también el tono populista, agresivamente antiintelectual, y una fatuidad muy característica del habla neoliberal. Según la revista, las “universidades tradicionales” están “espantadas” por el aumento de los nuevos cursos en línea; “tradicional” significa malo, de modo que uno tiene que alegrarse con la noticia, y hasta reírse un poco.

El artículo se ilustra con una caricatura que es una joya de la demagogia. Dos ancianos repelentes: narigudos, cegatos, calvos, de toga y birrete, en las puertas de un castillo, saltan asustados ante una linda niñita con un iPad, del que salen dos manos para ponerle un birrete en la cabeza. Está claro que ese par de vejucos pedantes se tienen muy merecida cualquier cosa que les pase. Y es un gusto ver cómo los ha vencido la niñita, dejándolos para la basura: no los necesita para nada, porque ¡ya tiene un iPad! El texto no tiene muchos más matices.

La moraleja está dicha en el antetítulo, repetida en el primer párrafo: “Marcas universitarias construidas a veces a lo largo de varios siglos se han visto forzadas a contemplar la posibilidad de que la tecnología de la información rápidamente va a hacer que su modelo de negocio resulte obsoleto”. Es el lenguaje del Economist en toda su gloria. Nada en la información del artículo permite decir eso, salvo como conjetura puramente especulativa: hay portales de MOOCs, con inversiones millonarias, algunos asociados a decenas de universidades, nadie sabe cómo será el nuevo mercado de la educación superior, algunos piensan que bajarán los precios, otros dicen que no, pero la revista lo tiene claro y no se para en barras, adiós a los vejucos.

Es muy elocuente la alegría con que hablan de la destrucción de cosas construidas durante siglos, la prisa que tienen, el entusiasmo verdaderamente feroz que les inspira la idea del mercado.

Me cuesta trabajo entender el argumento. Acaso porque no hay —se suple a base de desplantes. Vamos a ver. La educación a distancia se inventó hace mucho tiempo, siempre ha sido mucho más barata, como es natural, y no ha sido nunca una amenaza para ninguna universidad. Las grandes tienen con frecuencia su propia división dedicada a eso. Es más, quien quisiera aprender cualquier materia, carreras enteras, ha tenido siempre a mano los libros —gratis, en las bibliotecas. Y sin duda es más interesante, más sustanciosa, la lectura que una sesión de clase, en vivo o en video. La novedad sólo consiste en la tecnología, en que ahora se pueden grabar muchas horas de televisión, de profesores dando sus clases, y bases de datos, fondos de lectura. Es la educación a distancia con los medios técnicos de hoy, ¿por qué eso hace que “las torres de marfil se cimbren hasta sus cimientos”?

El pequeño problema del financiamiento de esas plataformas de MOOCs se resuelve de un plumazo, con la publicidad: “Los anuncios han sostenido a la radio y la televisión, ¿por qué no a la educación? Hay mucho esnobismo desubicado en la educación con respecto a la publicidad”. Ahí queda eso. A mí sí me conmueve ese liberalismo macho, que llama a las cosas por su nombre y no se arredra ante nada —si se piensa un poco, el cielo es el límite. El otro pequeño problema, que los cursos tienen que impartirlos profesores, y que alguien tiene que acreditarlos, y pagar su sueldo, es decir, el pequeño problema de que los MOOCs dependen de las universidades, ese se resuelve por la vía rápida de no plantearlo.

El verdadero problema es la idea que se hacen los redactores del Economist acerca de la universidad. Por lo visto, piensan que es un negocio que consiste en que unos señores que saben mucho cobran por platicar, por contarles a otros eso que saben. De modo que si esas pláticas pueden verse en la tele, la universidad no tiene razón de ser ni modo de sobrevivir: ¿quién va a pagar por lo que puede obtener gratis? Algo así. No veo ni cómo empezar a discutir con eso.

Digamos, por no dejar, que es obvio que las nuevas tecnologías son utilísimas para la educación superior, y los cursos en línea abren oportunidades apasionantes. Pero es igualmente obvio que esos “proveedores de contenidos” que ofrecen “mejorar la experiencia del consumidor” y bajar los precios, no van a sustituir a las universidades —que son otra cosa, y hacen otras cosas. Y tienen un “modelo de negocio” mucho más resistente, porque no es un “modelo de negocio”.