2014-03-15

Cuatro boleros maroqueros

1

Con las últimas lluvias te largaste
y entonces yo creí
que para la casa más aburrida del suburbio
no habrían primaveras
ni otoños ni inviernos ni veranos.

Pero no.

Las estaciones se cumplieron
como estaban previstas en cualquier almanaque
Y la dueña de la casa y el cartero
no me volvieron a preguntar
por ti.


2

Para olvidarme de ti y no mirarte
miro el viaje de las moscas por el aire
         Gran Estilo
                  Gran Velocidad
                           Gran Altura


3

Para olvidarte me agarro al primer tren y salgo al campo
Imposible
Y es que tu ausencia
tiene algo de Flora de Fauna de Pic Nic.


4

No me aumentaron el sueldo por tu ausencia
sin embargo
el frasco de Nescafé me dura el doble
el triple las hojas de afeitar.


De: Cómo higuera en un campo de golf


2014-03-13

In the desert.


BY STEPHEN CRANE
In the desert
I saw a creature, naked, bestial,
Who, squatting upon the ground,
Held his heart in his hands,
And ate of it.
I said, “Is it good, friend?”
“It is bitter—bitter,” he answered;

“But I like it
“Because it is bitter,
“And because it is my heart.”

2014-03-11

Dejad en paz a los indios - I

Antropología relativista
El relativismo cultural, iniciado con el presente siglo por Franz Boas, y llevado a su peor abismo por Margaret Mead, establece que todas las culturas son igualmente válidas; lo cual, en principio, suena bien y hasta decente y democrático, sobre todo en los cafés de las grandes ciudades, con un suéter cuello-de-tortuga "bohemio"... de cashmir. Dicen que tan bello es un kimono de seda, bordado con hilo de plata, como una falda amazónica de palma trenzada; un plato de porcelana china se equipara en todo a uno de barro negro de Oaxaca; la calidad en un lied de Schubert y en un canto maorí es la misma, sólo cambia la cultura y por tanto el gusto. Tonterías semejantes y aun peores nos heredó la mala conciencia europea y estadunidense.
Pero hay culturas inferiores y superiores. Sin remedio las hay desde el punto de vista de sus resultados, pues se distinguen por un solo elemento y uno solo: si la prueba del suflé es comerlo, la de la cultura no es lo que nos cuenten de ella, sino la calidad de vida que produce en quienes padecen o gozan esa cultura.
Benevolencia para el débil
En todo el mundo, los adultos nos tratamos considerando que no es injusto sacar ventaja de un mayor conocimiento o habilidad. Si alguien vende un auto a mitad de precio, lo compramos sin más. No ocurre así cuando tratamos con niños. Debemos entonces informarles que nos están vendiendo muy barato su triciclo. Quien no lo hace es un canalla. Lo mismo ocurre en nuestro trato con los indios: mestizos y blancos los "roban", los "engañan". Por lo visto, quien compra huipiles para venderlos a las güeras universitarias que los usan, es el único comerciante que no debe buscar el mejor precio. Esta concepción paternalista encubre un racismo que no osa decir su nombre: el indio es infantil. Por lo mismo, los adultos deben protegerlo. Hoy, la discusión en torno de los indígenas ha derivado en preocupación blanca y mestiza por el futuro de los indios. Algunos los asesoran, otros prevén resultados contraproducentes en caso de aceptar las demandas indígenas. Otros decimos: legislemos como piden, hasta donde lo permita el marco legal, y que corran con suerte el próximo milenio. ¿Plantearon demandas erróneas? Ya están grandecitos.
La maldad externa
Desean proteger su cultura, como cualquier otro pueblo. Es normal. Ahora que, dicho aquí entre nosotros, están como están debido a sus culturas. Esto es, están aislados, pobres, enfermos, analfabetas y miden 1.10 debido a que conservaron una cultura que esos resultados produce. "Y en las pupilas de Ramona, el dolor y la rabia por cinco siglos de agravios", dijimos porque es chic pedirles perdón, pero nosotros no les hemos hecho nada que no nos hagamos entre nosotros mismos: robarnos, matarnos, engañarnos. Y aquí estamos. No es la maldad del no-indio, sino los usos y costumbres indias lo que produce la miseria de esos pueblos. Crearon un idioma, pero no un alfabeto para escribirlo; tienen una medicina propia, vista por muchos güeros del new age como superior, sistemas de agricultura predicadas por ciertos gurús como más afines con la naturaleza, métodos de construcción propios, formas de alimentación, ropa, música, bailes. El resultado es ignorancia y pobreza.
Que siempre no
Hay rechazo al cambio en todas las comunidades y en todas las culturas. China logró encerrarse tras la más grande muralla, a otras culturas les ha bastado una geografía de naturales murallas y por lo mismo no tuvieron que aprender ni siquiera a construirlas, les bastó con ríos, selvas y montañas para aislarse. "Nosotros los aislamos", grita el coro paternalista. Falso. Los olvidamos, que es distinto, y nada tiene de malo, salvo que nos olvide papá. Deben ir predicadores a mostrarles que existe otro mundo. Ahora nos dice Ramona que quieren vivir como humanos. Viven como humanos, como los humanos que han elegido ser. Es únicamente en comparación con la cultura nacional como se descubren a sí mismos miserables. El indígena de las profundidades amazónicas no vive en la miseria mientras no conoce sino su propia cultura, en la que es rico el que tiene la mejor casa de vara y lodo. Orgulloso en la selva de su traje de emperador y de su riqueza en pescado y mandioca, descubre que va desnudo sólo cuando conoce la cultura nacional brasileña y los hoteles de Copacabana en algún viaje promovido por indigenistas. Otro tanto ocurre con los nuestros.
Transfugas
No todos son felices con sus usos y costumbres. Algunos intentan modificarlas dentro de sus propias comunidades, pero éstas se resisten, como ocurre en cualquier cultura, y son en ocasiones sometidos a los castigos prescritos por tales usos y costumbres. Algunos se disciplinan, como ocurre donde quiera, otros se marchan con distintos rumbos. Entre los que abandonan la comunidad indígena, hay dos notorias diferencias: el indígena que llega a la ciudad y se emplea de mesero, de mesera, de sirvienta, uno sube a capitán y a gerente, otra es mayora de cocina, para lo cual debieron aprender español aceptable y vestir como el negocio manda. Los indigenistas, casi todos güeros, los consideran traidores. Y por otra parte hay los que, acordes con lo mandatos indigenistas, conservan su identidad y su ropa típica para venden muñecas artesanales en la calle, o pedir limosna en un idioma que nadie entiende.
Hipótesis
Yo, un eurocentrista sin remedio, prefiero las vajillas de SŠvres, los trajes Armani, las corbatas Zegna, los vaqueros liváis, los amplificadores Carver, el Edipo Rey de Stravinsky y el Génesis, tanto como me parece aburrido y confuso el Popol Vuh maya (escrito por frailes españoles, digo) o desafinados los carrizos andinos. Creo, de verdad lo creo, que también los indios. Véanlos, si no, para dolor de los indigenistas, abandonar con gusto cuanto los hizo miserables, lo peor de su cultura, en primer término, y buscar el rescate de lo rescatable, como su idioma y su poesía.

publicado el 28 de octubre de 1996 en «La Jornada»
columna: «la ciencia en la calle»

Luis González de Alba.

2014-02-04

No para indios

Fernando Escalante Gonzalbo
 
En marzo pasado un tribunal de Mumbai autorizó a la compañía india Natco Pharma Ltd. a producir y comercializar como genérico el principio activo de Nexavar, de Bayer. Los abogados de Bayer de inmediato presentaron un recurso para impedirlo —propiedad intelectual. El tribunal superior de Mumbai desestimó sus argumentos, y confirmó el fallo.

Nexavar es un fármaco que se emplea contra el cáncer de mama, eficaz también para combatir el cáncer de riñón y de hígado. En la India, el tratamiento con la etiqueta deBayer cuesta 96,000 dólares al año, por paciente. Natco ofrece el mismo tratamiento por unos 2,000 dólares al año. Parece una enormidad, es un asunto casi de rutina. La reacción del director ejecutivo, Marjin Dekkers, puso el asunto en las primeras planas. Furioso, en una entrevista para Bloomberg Businessweek , dijo que la decisión del tribunal era “sencillamente un robo”, y remachó: “Nosotros no creamos este medicamento para los indios, sino para los pacientes occidentales que pueden pagarlo”.

Seguramente era lo que estaba en el pizarrón cuando en la sala de juntas jugaron al juego de Misión, Visión y Valores. Pero queda feo, y la India es un mercado de mil doscientos millones de personas —que no es tan irrelevante a fin de cuentas. Salió por eso el señor Dekkers a disculparse sin disculparse del todo. Dijo que lamentaba que su expresión “hubiese salido a la luz” de una manera que él no pretendía, y después puso el disco: “como compañía queremos mejorar la salud y calidad de vida de las personas, independientemente de su origen o ingresos”. Es indudable, los ingresos sólo importan para pagar las medicinas, Bayer tiene la mejor voluntad de venderlas a quien sea. A continuación, la amenaza que es ya habitual: si no se protege la propiedad intelectual, es decir, si no les permiten cobrar lo que quieran, no habrá investigación, no habrá nuevos medicamentos, y “sin nuevos medicamentos, tanto las personas de los países en desarrollo como las de otros más prósperos sufrirán”. Si suena a extorsión es porque es una forma de extorsión.

Las farmacéuticas suelen argumentar que necesitan poner esos precios de escándalo a los nuevos medicamentos porque tienen que pagar por la investigación para desarrollarlos; por eso, la interferencia de los gobiernos para controlar los precios amenaza la innovación. Puesto así, parece razonable —es un problema de proporciones. Veamos. Las empresas estimaron hace algunos años que el costo de investigación para cada medicamento nuevo era de 802 millones de dólares. El fundamento era un único artículo de la Universidad de Tufts, financiado por las compañías farmacéuticas, a partir de información confidencial suministrada por ellas mismas. Quienes han tratado de verificar la cifra a partir de información pública no suman más de 200 millones, sin contar con que el gasto en investigación es deducible de impuestos.

Pero hay otros problemas. Las empresas suelen incluir en el rubro de Investigación y Desarrollo gastos que son en realidad de mercadotecnia. Aparte de eso, hasta un 25 por ciento de las pruebas clínicas que realizan son estudios de Fase IV, es decir, estudios sobre medicamentos que ya están en el mercado: para buscar nuevos usos posibles, para inducir a los médicos a recetarlos mediante fingidos estudios de control, o para imaginar modificaciones que permitan renovar la patente para un medicamento “mejorado”. Publicaciones, seminarios, programas de televisión, las farmacéuticas disfrazan su publicidad como investigación —sobre todo con análisis clínicos propios, prácticamente sin reglas. O sea, que no sabemos cuánto cuesta en realidad la investigación para ofrecer un nuevo medicamento.

Algo más. Toda la investigación básica, que sirve de base para el desarrollo de las medicinas, se hace en instituciones públicas, en laboratorios públicos, o en universidades, con financiamiento público. La ventolera neoliberal de las últimas décadas, con el empeño de que el conocimiento acredite su utilidad mediante vínculos con el “sector productivo”, insta a los investigadores a que vendan sus patentes a las grandes empresas —con el resultado de que todo es en apariencia privado. Y no. Algunos casos son escandalosos, como la investigación sobre el SIDA, o sobre los usos del Taxol para combatir el cáncer, estudiado durante décadas en centros públicos —y patentado por Bristol-Meyer Squibbs. Además, empiezan a patentarse productos del conocimiento, de la investigación biomédica más elemental: el efecto de determinadas proteínas, la función de alguno de los genes, todo lo que antes hubiese sido patrimonio de la humanidad es ya patentable, y está patentado. Y están los casos de fraude descarado, medicamentos inútiles, pero ésa es otra historia.

Tenemos que ajustar la lente para mirar a las farmacéuticas —no son empresas como otras cualesquiera, no son centros de investigación. El eje de su operación es el mecanismo por el cual pueden parasitar conocimiento generado mediante recursos públicos, de numerosos países, patentarlo, y venderlo de nuevo los sistemas de salud pública. Algo no cuadra del todo.

2014-01-26

La encuesta de cultura

Gil Gamés
Gil leyó en sus periódicos que la Encuesta Nacional de Consumo Cultural se presentaba al público. Eduardo Sojo, director del Instituto Nacional de Estadística y Geografía se encargó de dar a conocer la encuesta. Gamés recibió el correo con el contenido del estudio y puso manos a la obra, una obra muy negra, por cierto. “Se puede decir con absoluta certeza que éste es el estudio más serio y completo hasta ahora”, dijo Sojo. Ya empezaron los problemas, farfulló Gamés: ¿absoluta certeza? Ni Dios padre, en caso de que existiera, pero en fin, masculló Gamés, no seamos roñosos.

Desde luego, la encuesta tiene muchísima tela de donde cortar, pero Gamés quiere detenerse en un punto que llamó poderosamente su atención (ya quedamos en que la atención tiene que ser llamada con poder). El inciso se llama “Sitios y eventos culturales seleccionados”. En esta canasta se incluyeron teatros, cines, centros históricos y religiosos, sitios arqueológicos, parques naturales, museos, bibliotecas, hemerotecas. O sea, la Basílica de Guadalupe el 12 de diciembre fue considerada una actividad cultural. Anjá. Y si una familia se lleva una canasta con sándwiches al parque Loreto y Peña Pobre, también, gran actividad cultural que enriquece el espíritu. Lo malo de que las encuestas las hagan hombres y mujeres que no tienen una idea de lo que es una actividad cultural es que consideran un partido de futbol un gran momento del espíritu. Señores: ustedes han confundido tiempo libre con cultura.

Dice el estudio: “Revisando la información en valores monetarios recabada mediante la encuesta, se puede observar que el monto de las erogaciones por el disfrute de las prácticas culturales es superior a los 30 mil millones de pesos y se observa que son los hombres quienes realizan el 56% de dicho gasto, mientras que las mujeres ejercen el 44%”. Anjá, sí, cómo no. Gil no necesita ser Schumpeter para asegurar que con una cifra así de gasto en bienes culturales, se agotarían ediciones, el cine mexicano sería un potosí, el teatro llenaría salas como en Londres, en fon. De verdad: ¿a dónde querían llegar? Si se trataba de gastarse 14 millones de pesos había formas más rápidas y menos tortuosas.

En el subtítulo “Fiestas Tradicionales” dice esta extraña encuesta: “Como parte de las necesidades de información para la caracterización de la cuenta satélite de cultura en la medición de hogares, y como una característica particular de las manifestaciones culturales del país, se encuentran las fiestas tradicionales, ya sean religiosas, cívicas o patrias, o bien carnavales”. Así las cosas (muletilla de poca monta), debieron incluir el consumo de telenovelas, los programas de la farándula y las misas, que de hecho están incluidas.

Les faltó el consumo de ate con queso, el baile de los viejitos, los voladores de Papantla y el sarape de Saltillo como momentos culminantes del consumo cultural mexicano. ¿Qué es cultura?, según estos encuestólogos presenciar un Cruz Azul-América, desde luego el costo de la entrada al estadio se contabilizará como un consumo cultural.

¿Más cultura? La feria de San Marcos, los palenques (cierren las puertas, señores) y el carnaval de Veracruz. Todos ellos muy divertidos y culturales. Nadie puede negar las características digamos culturales de estas ferias cívicas, pero incluirlos como parte del consumo es un abuso, una muestra de ignorancia, oh, sí. Se podrían gastar otros 14 millones de pesos del presupuesto para definir el concepto de cultura. Por lo que ha leído Gilga, esta encuesta ha sido como jugar a la gallina ciega: frío, frío, no me alcanzas, ¡atrás de ti!

La sentencia de Ortega y Gasset espetó dentro del ático: “La máxima especialización equivale a la máxima incultura”.

Gil s’en vail 

gil.games@razon.com.mx

Twitter: @GilGamesX